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Cuaresma: Tiempo de Conversión



Aunque toda la vida ha de ser tiempo de conversión, como enseñaba con frecuencia Benedicto XVI, la cuaresma lo es de manera especial en cuanto a que la Iglesia incide más en su predicación sobre este aspecto esencial de la vida cristiana. Pero algunos preguntan….o se preguntan….¿qué es conversión?……..pues desde una definición teórica podría ajustarse a la conversión a la fe cristiana desde el ateísmo/agnosticismo o desde otra confesión religiosa. Todos sabemos que para los bautizados hay una “conversión” que integra el compromiso de amor vivido día a día desde el “sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto” (Mateo 5, 48). Pero para plantear una reflexión cuaresmal más concreta (que exhorte en conciencia a propósitos realizables) desde la espiritualidad católica se proponen varios “estados” de conversión:

* Conversión del pecado a la Gracia: es la más decisiva de todas. La cuaresma es tiempo ideal para, a la luz de la Pasión de Cristo por amor hacia nosotros, consideremos preparar y hacer una buena confesión. Si hace más de un año que no confesamos, o vivimos ya habitualmente en pecado grave, pues que esa confesión “no se haga esperar ni un día más” (en cita del Papa Francisco). Y si de verdad alguno cree que no tiene pecado, pues “que no se moleste en ir a Misa” (cita también de Francisco), ya que no hay mayor soberbia que creerse impecable y sin necesidad de arrepentimiento moral. Esta conversión no pasa solo por el confesonario sino por un “nuevo camino” en la vida cristiana donde la Misa sea el centro de la misma y, desde la Eucaristía, asumamos los mandamientos de Dios y su Palabra (interpretada por la enseñanza de la Iglesia) para hacerlos vida en cada uno.

* Conversión de la tibieza a la devoción: Si vivimos en Gracia habitualmente pero sin valorar la misma, o sea, desde la rutina del “cumplo y miento” que nos lleva a no dar importancia al pecado venial, mantener una mínima vida sacramental como apéndice del resto de la vida humana, nos deslizamos por el relativismo moral y nadie nota en nosotros la alegría de ser cristiano, entonces hemos de pedir a Dios la conversión a la devoción para salir de la tibieza. Para ello es muy necesario la dirección espiritual que nos libere de la subjetividad propia de vivir la fe desde una autojustificación permanente. Un director espiritual que, para que sea de garantía, ha de tener él también director espiritual, y ha de ser sobre todo piadoso y fiel al magisterio de la Iglesia, será la ayuda más valiosa para caminar hacia la vida devota siendo conscientes de la vocación a la SANTIDAD recibida en el bautismo para todos los bautizados (laicos, religiosos y sacerdotes).

* Conversión de la devoción  al fervor: Es el paso que sigue al anterior si hay verdadero “enamoramiento” de Cristo, y la vida cristiana se vive más por motivos sobrenaturales (caridad) que meramente humanos. Esto sucede cuando cada uno, tras discernir en la oración lo que Dios le pide, responde que SI a la voluntad Divina y comienza a vivir plenamente su vocación. Una vocación que en la mayoría de los casos es santificarse como laico en el trabajo, familia, sociedad…..siempre en Cristo y desde Cristo y para Cristo; o bien se cifra en la vida consagrada o el sacerdocio. Descubrir la vocación y decir SI a ella es el estado tercero de conversión. ¿Cual es la mejor vocación de todas?….la que cada uno ha recibido. La santidad consiste en responder con amor a la vocación recibida, sea la que fuere.

Pues vamos a reflexionar, meditar, orar…..en esta cuaresma para que cada uno de nosotros examinemos primero la propia vida para descubrir en que estado estamos, y, desde ahí, pedir a Dios las luces necesarias para que se obre nuestra conversión. Que el SI de la Virgen María, que trajo la salvación al mundo, sea nuestro faro y guía en esta tarea.

Por Padre Santiago González/www.adelantelafe.com

El seminario de Cracovia


Karol Wojtyla ingresó al seminario de Cracovia hace 64 años. Cuatro años más tarde, recibiría la unción sacerdotal de manos del Card. Sapieha, un campeón de la fe durante la ocupación nazi.
En aquel entonces el seminario vivía en una situación muy precaria: la calefacción era un sueño, la comida no era abundante y, lo que es peor, también escaseaba la libertad. Los nazis lo habían reducido a la clandestinidad.

¿Y cómo es actualmente la vida en el seminario de Cracovia? A decir verdad, la presencia de su antiguo e ilustre alumno sigue muy viva. No sólo por los objetos históricos que se conservan, sino también porque el actual arzobispo de Cracovia es Mons. Stanislaw Dziwisz, quien fuera secretario particular del difunto Papa.

Pero no basta un pasado glorioso. Es más importante el presente. A diferencia de otros seminarios europeos que cuentan con pocas vocaciones, el Seminario de Cracovia actualmente tiene en formación 240 seminaristas. Llevan una vida “rigurosa”, según la calificó un periodista inglés: todos los días se levantan a las 5:30 de la mañana para tener unos momentos de oración y participar después en la celebración eucarística.

La “bonanza vocacional” no es exclusiva del Seminario de Cracovia. Toda Polonia goza de buena salud en este sentido. Ha habido un incremento notable de los seminaristas en los últimos años: de los 4.500 seminaristas que había en 1998, se ha pasado a 7.100 en 2005. En otras palabras, 1 de cada 4 seminaristas europeos ingresa a un seminario polaco.

Este hecho ha permitido que Polonia comience a enviar sacerdotes a otros países para ayudar en las diócesis donde escasea el clero. Incluso se da el caso de sacerdotes que viajan durante el fin de semana, en compañías aéreas de bajo costo, para atender a comunidades en Europa occidental o, como expresivamente suelen decir, «para repartir la comunión».

Otros sacerdotes viajan fuera del país para atender a las comunidades polacas del extranjero. En los últimos años, debido a las dificultades económicas, muchos han emigrado a países como Francia, Alemania, Italia o Inglaterra.

Obviamente, en Polonia no todo es color de rosa. También hay dificultades, como en todas partes. Sin embargo, en comparación con otros países europeos, podemos decir que la Iglesia en ese país goza de buena salud. ¿A qué se debe?

Sin duda no hay una sola causa, pues se trata de algo complejo. De cualquier modo, podemos citar una que a mi parecer es la principal: donde hay fidelidad al Sucesor de Pedro y donde hay disciplina y trabajo serio, Dios siempre bendice. Bueno, seguramente, Juan Pablo II también les estará dando una buena mano desde el cielo…
Por: Marco Antonio Batta, L.C. | Fuente: www.buenas-noticias.org 

Cuaresma



Sacerdote, Misionero de la Misericordia 
La idea de esté artículo es lo importante, bello y deseable que es confesarse para preparar la Pascua.

El Papa Francisco en su mensaje de cuaresma ha afirmado que Dios concede a los fieles que, año tras año, se preparen, con alegría, purificados en su espíritu, a la celebración de la Pascua. Éste es precisamente el sentido de la Cuaresma.  

La Iglesia, cada año, durante la Cuaresma, tiempo de conversión, nos propone purificar nuestra alma mediante el sacramento del perdón. Al respecto, ya san Juan Pablo II, decía: “La Sagrada Escritura presenta la vida del hombre en sus relaciones con Dios como una continua conversión”. “La vida cristiana no está completa sin esta conversión constante, y la conversión no es plenamente auténtica sin el sacramento de la penitencia”. “Convertirse quiere decir para nosotros buscar de nuevo el perdón y la fuerza de Dios en el Sacramento de la reconciliación y así volver a empezar siempre”. “Un renacimiento de la conciencia y de la vida cristiana va estrecha e indisolublemente unido a (…) la revitalización de la confesión personal”.

Es éste un sacramento muy importante. Así, en 2018, Mons. Octavio Ruiz Arenas notó que somos tan pecadores que el sacramento del perdón es necesario para la vida cristiana. Estos últimos años el Papa Francisco ha insistido en que éste sacramento ha de ocupar un lugar central en la vida cristiana.  

A la importancia del sacramento lógicamente corresponde la importancia del ministerio de confesor. Así, en 2018, el Prefecto del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, Mons. Fisichella, afirmó que la imagen de la Iglesia, como un hospital de sangre tras una contienda, sirve al Papa Francisco para urgir a los pastores a curar las heridas, especialmente mediante el sacramento del perdón y demás. San José Cafasso decía que era tal la grandeza del confesor que le bastaban unas pocas palabras, las de la absolución, para cerrar el infierno y abrir el paraíso. El santo cura de Ars afirmaba que si encontrara a un sacerdote y a un ángel, primero saludaría al sacerdote, pues sólo éste podía absolverle los pecados. San Juan Pablo II, señalaba: “juntamente con la celebración de la Eucaristía, este sacramento constituye la tarea principal del sacerdote (…)”. Ya san Pío V había sentenciado: “Dadme buenos confesores  y lograré renovar la cristiandad desde sus mismos fundamentos”. Y, san Juan Pablo II: “La confesión renovada periódicamente, llamada ‘de devoción’, siempre ha acompañado en la Iglesia el camino de la santidad”.

Grande mérito de los últimos Papas ha sido subrayar con gran fuerza que éste es el sacramento de la misericordia, realidad gozosa, sacramento por el que nos encontramos personalmente con Dios, dejamos nuestra miseria y recibimos el personal amor misericordioso de Dios, su abrazo. Se muestra así que este sacramento tiene tal bondad, atractivo y radiante belleza que llega a resultar algo deseable, que atrae, deseable para todos. Así, quiénes saben de tamaña grandeza, aún si no quieren recibir el sacramento, lo desean, lo anhelan, les atrae. Se resisten, pero, ¡lo desean! Este sacramento es algo radiantemente bello, un gran bien, aquello que todos desean. 
Por: Dr. José María Montiu de Nuix | Fuente: Catholic.net 

La confesión, el sacramento incomprendido


Muchos católicos han deformado la visión del sacramento de la Reconciliación.

Desafortunadamente, en la actualidad, millones de cristianos parecen haberse olvidado del sacramento de la Reconciliación, pues se ha convertido en algo impopular, en algo pasado de moda. A cambio de ello, se han puesto de moda los psiquiatras, los mediums, los adivinos, los consultores matrimoniales y los abogados.

La necesidad de sentirse en paz con Dios, con uno mismo y con los demás es innata en nuestra naturaleza y, al no querer aceptar el remedio instituido por Dios, la confesión, el hombre ha tenido que inventarse nuevas formas de salida para sus angustias y preocupaciones.

Constantemente escuchamos frases como:
“yo no me confieso, yo me entiendo directo con Dios”
“no tengo por qué decirle mis pecados a un hombre que es igual a mí, o peor"
“no robo, no mato, .. . etc., así que no tengo porque confesarme”.

En estas expresiones vemos una falta de conocimiento de este sacramento y por consiguiente, se le da poco valor. Es necesario quitar los prejuicios que han hecho que los muchos católicos hayan deformado la visión del sacramento de la Reconciliación.

Esta situación parece ser fruto de tres razones:

1. Muchas personas por ignorancia o porque se les ha presentado una visión errónea de Dios, tienen una idea equivocada sobre quién es Él. Para muchos, Dios es un inspector que se dedica a contar los pecados de los hombres, un juez implacable que espera el momento en que hagamos algo malo para dictar su sentencia. Esta imagen distorsionada de Dios no resulta atractiva y ocasiona que las personas se alejen de Él y no hagan nada para volver a Él.

2. El concepto de “pecado”, parece haber desaparecido en la sociedad. Vemos que la palabra “pecado” se menciona lo menos posible. Aparentemente, ya nadie comete pecados, cuando mucho, se habla de cometer “errores”, o de tener “malos hábitos”. Esto lleva a una tolerancia excesiva de los malos actos y a una deformación de las conciencias.

3. El materialismo y el hedonismo están en el mundo a la orden del día. En la actualidad, se busca hacer un cristianismo a la medida. Se acepta el plan de Dios, siempre y cuando no nos moleste o nos incomode. De ahí, surgen expresiones cómo: “todos lo hacen”, o “yo hago lo que quiero mientras no moleste a nadie”. Es más cómodo seguir viviendo como hasta ahora, aunque no ssintamos mal con nosotros mismos, que pensar en convertirnos,ya que la verdadera conversión implica un esfuerzo y el abandono de costumbres o estilos de vida arraigados.

Debemos redescubrir a Dios como lo que es: nuestro Padre, Aquél que nos ama a pesar de nuestros defectos, nos ama tal como somos. Tanto nos ama, y es tan paciente con nosotros, que es Él mismo quien nos ofrece el perdón para que tengamos vida eterna, pidiéndonos a cambio una conversión, un cambio de vida, un volver nuestra mirada hacia Él a través del sacramento de la Reconciliación.

Podemos leer y meditar en Las parábolas de la misericordia y podemos conocer mejor ese corazón de Jesucristo, que acoge a los pecadores con amor y ternura.

Esta actitud de perdón de Cristo es continuada por la Iglesia, la cual siempre está dispuesta a acoger a los pecadores con un amor de madre.

Fuente: Catholic.net 

Con María a la misión

“Haced lo que El os diga” Juan 2,5.

Queridos amigos y hermanos, María Madre de las Misiones, intercede por nosotros haciendo florecer nuestra misión, para salir animados al encuentro del hermano, familiar, amigo y de quien aún no conocemos.

La compañía maternal de la Virgen María, nos anima a:

1°. Vencer el desánimo, ser obedientes y humildes para hacer la voluntad de Dios. Recordemos cuando María dijo: «Hágase en mí según tu palabra» y después salió sin miedo, con disposición y generosidad  para ayudar a su prima Santa Isabel. Si Dios está con nosotros, nada temeremos para salir con más alegría y prontitud al encuentro de nuestros hermanos.

2°. Ser agradecidos: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava...”; cuando nuestro testimonio es alegre y agradecido por la obra de Dios en nosotros,  los frutos de la misión se extienden ¡Denle las gracias a Yahveh, vitoreen su Nombre, publiquen entre los pueblos sus hazañas y celébrenlo, pues su Nombre es sublime! (Isaías 12:4). Den gracias al Señor, su nombre invoquen, entre los pueblos anuncien sus hazañas!  (Salmo 105:1-3).

3°. Estar en comunión con Dios. María es maestra de comunión con Dios, es hija del Padre, madre del Hijo y esposa del Espíritu Santo; de igual manera si nos mantenemos en comunión con Dios por la oración y los sacramentos, al salir al encuentro con nuestro hermano, seremos capacitados y guiados por el Espíritu Santo,  sostenidos por el Padre, y sellados con la sangre del Cordero de Dios, además recibiremos el amor y enseñanza en la experiencia. Lee  Hechos 1:8.

4°. Realizar todo por amor y con amor, para glorificar al Padre. En  Juan 15: 8 dice: «Mi Padre es glorificado cuando ustedes dan mucho fruto y muestran así que son mis discípulos.   En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos”.

Dios nos está llamando a la misión permanente, el Papa Francisco ha expresado: «cuando el Señor nos llama, no piensa en lo que somos,  en lo que éramos, en lo que hemos hecho o dejado de hacer, al contrario, el Señor en el momento que nos llama, está mirando todo lo que podemos dar y todo el amor del que somos capaces de contagiar”.

San José, patrono de la Arquidiócesis,  también intercede por nosotros para que los frutos  de este  plan pastoral   sean abundantes; él nos enseña la obediencia y  el caminar sin rendirse para alcanzar las metas; recordemos que caminó de Nazaret a Belén, de Belén a Egipto y de Egipto  a Nazaret, obedeciendo a Dios para salvar al Niño Jesús.

Por: Jaynes Hernández Natera
Coordinadora Apostolado María Madre nos reconcilia con Cristo

Confesarnos, ¿por qué?

 "Él nunca se cansa de perdonar, pero nosotros a veces nos cansamos de pedir perdón." Papa Francisco

“El perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos el perdón a Jesús. El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino que es un regalo, es un don del Espíritu Santo, que nos llena con el lavado de la misericordia y de la gracia que fluye incesantemente desde el corazón abierto de par en par de Cristo crucificado y resucitado.” Papa Francisco, Audiencia 19/02/2014

1. Confesarnos, ¿por qué?

La Confesión es un sacramento instituido por Jesucristo para perdonar los pecados, cuando dijo a sus apóstoles: “A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes retengáis los pecados, les serán retenidos.” Jn, 20,23.

Porque la vida nueva que nos fue dada por Él en el bautismo puede debilitarse y perderse a causa del pecado. Por ello, Cristo ha querido que la Iglesia continuase su obra de curación y de salvación mediante este sacramento.

Por la absolución sacramental del sacerdote, que actúa en nombre de Cristo, Dios concede al penitente el perdón y la paz, recupera la gracia por la que vive como hijo de Dios y puede llegar al cielo, la felicidad eterna.

Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1420-1421; 1426; 1446.

2. ¿Qué es el pecado?

“Él nunca se cansa de perdonar, pero nosotros a veces nos cansamos de pedir perdón." Papa Francisco

El pecado es una falta contra el amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. San Agustín lo ha definido como el “amor de sí hasta el desprecio de Dios”. Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cfr. Flp 2, 6-9).

Los pecados se distinguen según su gravedad en mortal y venial. El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre por una infracción grave de la ley de Dios; aparta al hombre de Dios, que es su fin último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior. El pecado venial deja subsistir la caridad, aunque la ofende y la hiere.

Para que un pecado sea mortal se requieren tres condiciones: una acción que tiene como objeto una materia grave, cometida con pleno conocimiento (plena conciencia) y deliberado consentimiento.

La materia grave es precisada por los Diez mandamientos según la respuesta de Jesús al joven rico: “No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes testimonio falso, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre” (Mc 10, 19). La gravedad de los pecados es mayor o menor: un asesinato es más grave que un robo. La cualidad de las personas lesionadas cuenta también: la violencia ejercida contra los padres es más grave que la ejercida contra un extraño.

Se comete un pecado venial cuando no se observa en una materia leve la medida prescrita por la ley moral, o cuando se desobedece a la ley moral en materia grave, pero sin pleno conocimiento o sin entero consentimiento. El pecado venial debilita la caridad; entraña un afecto desordenado a bienes creados; impide el progreso del alma en el ejercicio de las virtudes y la práctica del bien moral; merece penas temporales. El pecado venial deliberado y que permanece sin arrepentimiento, nos dispone poco a poco a cometer el pecado mortal.

Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1849-1864.

Contemplar el misterio

No hemos de extrañarnos. Arrastramos en nosotros mismos —consecuencia de la naturaleza caída— un principio de oposición, de resistencia a la gracia: son las heridas del pecado de origen, enconadas por nuestros pecados personales. Por tanto, hemos de emprender esas ascensiones, esas tareas divinas y humanas —las de cada día—, que siempre desembocan en el Amor de Dios, con humildad, con corazón contrito, fiados en la asistencia divina, y dedicando nuestros mejores esfuerzos como si todo dependiera de uno mismo.
Amigos de Dios, 214

Ahora comprendes cuánto has hecho sufrir a Jesús, y te llenas de dolor: ¡qué sencillo pedirle perdón, y llorar tus traiciones pasadas! ¡No te caben en el pecho las ansias de reparar!

Bien. Pero no olvides que el espíritu de penitencia está principalmente en cumplir, cueste lo que cueste, el deber de cada instante.
Via Crucis, IX Estación,9

3. ¿Qué se necesita para una buena Confesión?

Para hacer una buena Confesión es necesario: un diligente examen de conciencia de los pecados cometidos desde la última Confesión; la contrición o arrepentimiento; la confesión, o la acusación de los pecados hecha delante del sacerdote y la satisfacción o penitencia impuesta por el confesor al penitente para reparar el daño causado por el pecado.

Para hacer el examen de conciencia ayuda repasar los pecados cometidos desde la última confesión a la luz de los diez mandamientos, del Sermón de la montaña y las enseñanzas apostólicas.

La contrición consiste en el dolor y la detestación del pecado cometido, porque es una ofensa a Dios y a los demás, e incluye el deseo de no volver a pecar.

Por la confesión o acusación el hombre se enfrenta a los pecados de que se siente culpable; asume su responsabilidad y, por ello, se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia. Se deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos, pues, a veces, estos pecados hieren más gravemente el alma y son más peligrosos que los que han sido cometidos a la vista de todos.
Si alguna vez caes, hijo, acude prontamente a la Confesión y a la dirección espiritual: ¡enseña la herida!, para que te curen a fondo, para que te quiten todas las posibilidades de infección, aunque te duela como en una operación quirúrgica. Forja, 192

La confesión de todos los pecados cometidos manifiesta la verdadera contrición y el anhelo de la misericordia divina. Es como cuando enfermo deja ver su llaga al médico para que le cure.

La satisfacción o penitencia. Si los pecados causan daño al prójimo, es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto. Pero además el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe "satisfacer" de manera apropiada o "expiar" sus pecados del modo que indique el confesor.
Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1451; 1455; 1456; 1459

Contemplar el misterio
Padre: ¿cómo puede usted aguantar esta basura? —me dijiste—, luego de una confesión contrita.

—Callé, pensando que si tu humildad te lleva a sentirte eso —basura: ¡un montón de basura!—, aún podremos hacer de toda tu miseria algo grande.
Camino, 605

La sinceridad es indispensable para adelantar en la unión con Dios.
—Si dentro de ti, hijo mío, hay un "sapo", ¡suéltalo! Di primero, como te aconsejo siempre, lo que no querrías que se supiera. Una vez que se ha soltado el "sapo" en la Confesión, ¡qué bien se está!
Forja, 193

4. ¿Por qué pedir perdón a un hombre y no directamente a Dios? 

Sólo Dios perdona los pecados (cfr. Mc 2,7). Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: "El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra" (Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: "Tus pecados están perdonados" (Mc 2,5; Lc 7,48).

Jesús, en virtud de su autoridad divina, confiere este poder a apóstoles (cfr. Jn 20,21-23) y a sus sucesores, los sacerdotes, para que lo ejerzan en su nombre. Cristo quiso que la Iglesia fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Y confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico. Por eso el sacerdote al confesar actúan "en nombre de Cristo", y "es Dios mismo" quien, a través de él nos dice: "Dejaos reconciliar con Dios" (Cfr. 2 Co 5,20).
Catecismo de la Iglesia Católica, 1441-1442

Contemplar el misterio

Me escribes que te has llegado, por fin, al confesonario, y que has probado la humillación de tener que abrir la cloaca —así dices— de tu vida ante “un hombre”.
—¿Cuándo arrancarás esa vana estimación que sientes de ti mismo? Entonces, irás a la confesión gozoso de mostrarte como eres, ante “ese hombre” ungido —otro Cristo, ¡el mismo Cristo!—, que te da la absolución, el perdón de Dios.
Surco, 45

Si alguna vez caes, hijo, acude prontamente a la Confesión y a la dirección espiritual: ¡enseña la herida!, para que te curen a fondo, para que te quiten todas las posibilidades de infección, aunque te duela como en una operación quirúrgica.
Forja, 192

5. ¿Con qué frecuencia hay que confesarse?

Él nunca se cansa de perdonar, pero nosotros a veces nos cansamos de pedir perdón. Papa Francisco, Ángelus 17 de marzo 2014

Todo fiel llegado a la edad del uso de razón debe confesar al menos una vez al año. Además quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave no puede comulgar, sin acudir antes a la confesión sacramental. Además, la Iglesia recomienda vivamente la confesión habitual de los pecados veniales, porque ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu.

La llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Se trata de una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que recibe en su propio seno a los pecadores y que siendo santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación (cfr. LG 8). Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del "corazón contrito" (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cfr. Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cfr. 1 Jn 4,10).

El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola del hijo pródigo, cuyo centro es el padre misericordioso (cfr. Lc 15,11-24). La fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.
Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1428; 1439; 1457

Contemplar el misterio

Mientras peleamos —una pelea que durará hasta la muerte—, no excluyas la posibilidad de que se alcen, violentos, los enemigos de fuera y de dentro. Y por si fuera poco ese lastre, en ocasiones se agolparán en tu mente los errores cometidos, quizá abundantes. Te lo digo en nombre de Dios: no desesperes. Cuando eso suceda —que no debe forzosamente suceder; ni será lo habitual—, convierte esa ocasión en un motivo de unirte más con el Señor; porque El, que te ha escogido como hijo, no te abandonará. Permite la prueba, para que ames más y descubras con más claridad su continua protección, su Amor.
Insisto, ten ánimos, porque Cristo, que nos perdonó en la Cruz, sigue ofreciendo su perdón en el Sacramento de la Penitencia, y siempre tenemos por abogado ante el Padre a Jesucristo, el Justo. El mismo es la víctima de propiciación por nuestros pecados: y no tan sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo, para que alcancemos la Victoria.

¡Adelante, pase lo que pase! Bien cogido del brazo del Señor, considera que Dios no pierde batallas. Si te alejas de El por cualquier motivo, reacciona con la humildad de comenzar y recomenzar; de hacer de hijo pródigo todas las jornadas, incluso repetidamente en las veinticuatro horas del día; de ajustar tu corazón contrito en la Confesión, verdadero milagro del Amor de Dios. En este Sacramento maravilloso, el Señor limpia tu alma y te inunda de alegría y de fuerza para no desmayar en tu pelea, y para retornar sin cansancio a Dios, aun cuando todo te parezca oscuro. Además, la Madre de Dios, que es también Madre nuestra, te protege con su solicitud maternal, y te afianza en tus pisadas.
Amigos de Dios, 214

¡Dios sea bendito!, te decías después de acabar tu Confesión sacramental. Y pensabas: es como si volviera a nacer.
Luego, proseguiste con serenidad: “Domine, quid me vis facere? —Señor, ¿qué quieres que haga?
—Y tú mismo te diste la respuesta: con tu gracia, por encima de todo y de todos, cumpliré tu Santísima Voluntad: “serviam! —¡te serviré sin condiciones!
Forja, 238

Fuente: http://www.es.josemariaescriva.info