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El abandono en los brazos del Padre



“Como el sol ilumina al mismo tiempo los grandes cedros y cada pequeña flor, como si cada una estuviese sola sobre la tierra, así nuestro Señor se ocupa de cada alma en particular, con tanto amor, como si fuese la única en el mundo.

"Y como en la naturaleza las estaciones están reguladas de modo de hacer abrir en el momento establecido también a la más humilde flor del prado, así todo es regulado de modo para corresponder al bien de cada alma.

“La santidad no está en tal o cual práctica, ella consiste en la disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños en los brazos de Dios, conscientes de nuestras debilidades y confiando hasta la audacia en su bondad de Padre.

"Jesús se complace en mostrarme el único camino que conduce a esa hoguera divina. Ese camino es el abandono del niñito que se duerme sin miedo en los brazos de su padre.

"Mi caminito es el camino de una infancia espiritual, el camino de la confianza y de la entrega absoluta."

Santa Teresita de Lisieux

El Rosario, Evangelio hecho oración


Esta hermosa forma de devocion a la Virgen es el Distintivo y compendio del culto Mariano.
El mes de octubre nos ofrece la oportunidad, una vez más, de invitar a todo el pueblo cristiano a practicar una forma de ora­ción que es, justamente, muy amada por la piedad católica y que no ha per­dido nada de su actualidad, en medio de las dificultades de la hora presente: me refiero al rosario de la santísima Vir­gen María (Pablo VI, exhortación apostólica Recurrens mensis october, 7 de octubre de 1969).

Cuatrocientos veintinueve años han pasado desde que las tropas aliadas de España, Venecia, Génova y otras repúblicas italianas, alentadas por el Papa Pío V, infligieran una pesada de­rrota a los ejércitos de la Media Luna en el golfo de Corinto: victoria de las armas cristianas más conocida con el nombre de Lepanto, 7 de octubre de 1571. Ese día, primer domingo de oc­tubre, las campanas de la Ciudad Eter­na anunciaron ruidosa y alborozadamente la alegre y trascen­dental noticia. Rezaba toda la cristiandad. Rezaba el Papa Pío V; el primer Papa del rosario, que el 7 de octubre de 1572 instituyó la fiesta de Santa María de la Victoria. Gregorio XIII, un año después, sustituyó el nombre de esta fiesta por el de la Virgen del Ro­sario. Estas fueron las palabras de la bula "Cayendo en la cuenta también de que el mismo día 7, que entonces fue primer domingo de dicho mes de octubre, todas las cofradías, establecidas por todo el mundo bajo la advocación de dicho Rosario, saliendo procesionalmente, según sus laudables normas y cos­tumbres, elevaron a Dios piadosas oraciones, las cuales hay que creer que fue­ron muy provechosas para conseguir dicha victoria por la intercesión de la Santísi­ma Virgen, hemos juzgado que haríamos una buena obra si, para conservar el re­cuerdo de tan gran victoria, evidentemente concedida por el cielo, y para dar gra­cias a Dios y a la Santísima Virgen, instituyésemos una fiesta solemne denominada del Rosario, que habrá de celebrarse el primer domin­go del mes de octubre" (Monet Apostolus, 1 de abril de 1573).

"¿Queremos ser cristia­nos, es decir, imitadores de Cristo? Contemplemos a María" (Pablo VI, 24 de abril de 1970). Cualquier consideración, ya sea dog­mática, litúrgica, pastoral o espiritual con respecto a María debe estar relacionada con Cristo. No hay culto mariano verdadero, no existe devoción auténtica a la Madre de Jesús si no está fundada y se origina en Cristo. Y el rosario es el "distintivo y compen­dio del culto mariano" (León XIII Optimae quidem spei, 21 de julio de 1891). No debe, pues, esta devoción desligarse del auténtico culto cristiano, que es trinitario y cristológico (significados en el rosario por el rezo del Padre nuestro y del Gloria).

El rosario debe, por ello mismo, estar íntimamente unido a Jesús, porque el ro­sario es eminentemente evangélico. El rosario es el Evangelio hecho oración.
Una oración contemplativa

Es la contemplación no solamente de las maravillas realizadas por Dios en Ma­ría, sino, sobre todo y principalmente de los eventos salvíficos de Cristo, enuncia­dos en expresiones sencillas y sintéticas: en esos acontecimientos de la historia de la salvación la presencia de María es obligada, por cuan­to su actuación en los misterios de la redención fue históricamente determinante.

La Perfectae caritatis afirma que la contemplación es una adhesión a Dios con la mente y con el corazón (cf. n. 5). Es una forma de oración que tiene como contenido el misterio del reino de Dios, presente en el alma, y que pretende e invita a adherirse con mayor firmeza y de forma personal a él por una profundización en la fe. Pero la contemplación no debe reducirse a un mero ejercicio silencioso de la inteligen­cia ni a una mera ráfaga de sentimientos y afectos: comprende todo la persona y debe, al mismo tiempo, con­cluir en un compromiso concreto de santidad, de vida de gracia, porque María, libre de todo pecado, quiere condu­cirnos al apartamiento del pecado (perdona nuestras ofensas, ruega por nosotros pecadores). Ambas di­mensiones de la contemplación están presentes en el rosario. Por una parte, se afirman las verdades más esenciales del evento redentor de Cris­to y, por otra, el corazón suplica repeti­da y ardientemente a María que esta verdad fundamental -que no es otra que el kerigma de la primera comuni­dad-, es decir, la salvación, se realice por medio de su poderosa y maternal intercesión.

Si se suprime este carácter de contemplación así entendida, el rezo del rosario puede correr el riesgo de recitarse de forma mecánica, superficial, como mera repetición de unas fórmulas que se aprendieron de memoria, pero carentes de un auténtico espíritu de oración.

El rosario es, a su vez, una ora­ción he­cha súpli­ca. Cuando Clemente VII aprobó en 1534 las cofradías del Rosario, justificaba su institución por­que consideraba que el rosario era una oración muy "saludable y fructuo­sa" y su rezo "ha obtenido grandes bienes" (Etsi temporatium).

Grandes bienes y saludables frutos pueden considerarse: la victoria contra las herejías, la extensión de las fronteras del Reino, el restablecimiento y conservación de la fe, el rechazo de las tentaciones, la paz entre las naciones y la concordia familiar, el aumento de la piedad, el alejamiento de los peligros de la Iglesia, el detenimiento de la justificada ira de Dios, la apertura de las almas al arrepentimiento y a la conversión, la exhortación a la confianza en Dios, la aceptación del sufrimiento, el alivio es­piritual y confianza en Dios de los mo­ribundos, la liberación de las almas del purgatorio.

Por: P. Florian Rodero, Catedratico del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, en Roma, Italia | Fuente: Tiempos de Fe, Anio 2 No. 12, Septiembre - Octubre 2000



Oraciones a San Miguel


La oración a San Miguel del Papa León XIII
En Octubre 13, 1884, el Papa León XIII, experimento una visión horrible. Después de celebrar la Eucaristía, estaba consultando sobre ciertos temas con sus cardenales en la capilla privada del Vaticano cuando de pronto se detuvo al pie del altar y quedo sumido en una realidad que solo el veía. Su rostro tenia expresión de horror y de impacto. Se fue palideciendo. Algo muy duro había visto. De repente, se incorporo, levanto su mano como saludando y se fue a su estudio privado. Lo siguieron y le preguntaron: ¿Que le sucede su Santidad? ¿Se siente mal?
El respondió: "¡Oh, que imágenes tan terribles se me han permitido ver y escuchar!", y se encerró en su oficina.
¿Qué vio León XIII? "Vi demonios y oí sus crujidos, sus blasfemias, sus burlas. Oí la espeluznante voz de Satanás desafiando a Dios, diciendo que el podía destruir la Iglesia y llevar todo el mundo al infierno si se le daba suficiente tiempo y poder. Satanás pidió permiso a Dios de tener 100 años para poder influenciar al mundo como nunca antes había podido hacerlo." También León XIII pudo comprender que si el demonio no lograba cumplir su propósito en el tiempo permitido, sufriría una derrota humillante. Vio a San Miguel Arcángel aparecer y lanzar a Satanás con sus legiones en el abismo del infierno.
Después de media hora, llamo al Secretario para la Congregación de Ritos. Le entrego una hoja de papel y le ordeno que la enviara a todos los obispos del mundo indicando que bajo mandato tenia que ser recitada después de cada misa, la oración que ahí el había escrito.
Oración:
"San Miguel Arcángel,
defiéndenos en la batalla.
Sé nuestro amparo
contra la perversidad y asechanzas
del demonio.
Reprímale Dios, pedimos suplicantes,
y tú Príncipe de la Milicia Celestial,
arroja al infierno con el divino poder
a Satanás y a los otros espíritus malignos
que andan dispersos por el mundo
para la perdición de las almas.
Amén."
Sagrado Corazon de Jesús.
Ten misericordia de nosotros.
(Se puede continuar con gran provecho la práctica de rezar esta oración después de la Santa Misa como se hacía antes del Conc. Vat. II.)

VIDA INTERIOR por Monseñor Luis María Martínez



 “Siempre nos tenemos que preocupar de estas dos cosas: ¿Cómo es mi vida interior? ¿Cómo es mi vida exterior? Mi vida interior, como decía, tiene que ser al principio algo imperfecto, vacilante, como todo lo que comienza; mi vida exterior en los principios es casi siempre una lucha constante contra mis defectos, una purificación, un estar luchando a brazo partido con mi carácter, con mi amor propio, con mi pereza... con todo eso que es la triste herencia que recibí de Adán.

Y tengo que luchar tanto en lo que se refiere al prójimo como en lo que se refiere a mí mismo. Por todas partes me tengo que encontrar con luchas: ¿Tengo que hablar con una persona? luchas, porque allí aparecen todos mis defectos y tengo que corregirlos; ¿Tengo que trabajar conmigo mismo? También tengo luchas interiores, porque tengo que estar luchando con mis defectos. Eso es lo que principalmente constituye mi vida exterior.

La vida interior también es penosa y difícil, porque voy a Dios en medio de distracciones, apenas logro por un momento ponerme en contacto con Él y después ya estoy en otra parte, y tengo que volver a mi alma otra vez a los pies del Señor con esfuerzo; pero eso es mi vida interior, tenue como la luz de la aurora, vacilante como los pasos de un niño, imperfecta como todo lo que comienza, pero ya, ya me pongo en contacto con Dios, aun cuando sea de una manera imperfectísima... 

Para ponerme en contacto con Dios debo buscar medios y métodos y sistemas y ciertas reglas ingeniosas. Y lo mismo en mi lucha en lo exterior; no voy a luchar a lo tonto, repartiendo mandobles a derecha e izquierda, sino saber a quién y cómo; tengo que luchar con cierta táctica; si tengo diez o doce enemigos, no me voy a enfrentar con los doce al mismo tiempo. 

¿Por dónde comienzo? ¿A cuál venzo primero? Tendré que elegir con quién voy a comenzar, y buscar y estudiar el modo de combatirlo y sistematizar debidamente aquella lucha.

Y luego, en las demás etapas, ya que acabe de luchar con éstos, me encuentro con otros; porque así sucede en el combate espiritual: ya parece que está el campo limpio de enemigos y disfruto por unos momentos de paz. Pero apenas me deja Nuestro Señor disfrutar de unos momentos de calma, cuando debo comenzar de nuevo a luchar, porque se presentan nuevos enemigos y nuevos desórdenes; no hay más remedio ¡a luchar otra vez!

Y se acabó aquella etapa de la vida espiritual y vuelvo a encontrar el descanso. ‘Ahora sí, esto es definitivo’. Y nada, a poco resultan otros nuevos enemigos. Porque dice la Escritura que la vida del hombre sobre la tierra es una lucha constante (Job VII, 1; XIV, 1).”


Monseñor Luis María Martínez ( + 1956), Arzobispo Primado de México, Espiritualidad de la Cruz, Capítulo XXI.