
Menu
- Inicio
- Quienes Somos
- Oraciones
-
Comunidades Religiosas
- Femeninas
- Agustinas Misioneras
- Agustinas Misioneras Recoletas
- Betania del Sagrado Corazón
- Hermanas Dominicas de la Providencia Social Cristiana
- Congregación de las Hermanas Dominicas de la Providencia Social Cristiana
- Congregación De Las Hermanas Franciscanas Misioneras
- Congregación de las Religiosas de la Comunicación Social
- Congregación de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor
- Hermanas Franciscanas Misioneras de María Auxiliadora
- Congregación Hijas de Nuestra Señora de la Eucarístia
- congregación Oblatas Catequistas Pequeñas Siervas de los Pobres
- Dominicas Hijas de Nuestra Señora de Nazareth
- Hermanas Clarisas
- Hermanas de la Caridad de Santa Ana
- Hermanas del Buen Samaritano
- Hermanas Dominicas de la Doctrina Cristiana
- Hermanas Dominicas de la Providencia Social Cristiana
- Hermanas Franciscanas Misioneras de María Auxiliadora
- Hermanas Mercedarias del Santísimo Sacramento
- Hermanas Reparadoras de Cristo Sumo Eterno Sacerdote
- Hermanas Reparadoras de Cristo Sumo Eterno Sacerdote
- Hermanas Terciarias Capuchinas
- Hermanas Vicentinas
- Hermanitas de la anunciación
- Hermanitas de los desvalidos
- Hermanitas de los pobres de San Pedro Claver
- Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul
- Hijas de María Auxiliadora
- Hijas de San Pablo
- Hijas de Santa María de la Providencia
- Hijas del Corazón Misericordioso de María
- Hijas del Corazón Misericordioso de María
- Las Hijas de la Sabiduría
- Misioneras Agustinas Recoletas
- Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Sena (Madre Laura)
- Misioneras del Divino Maestro
- Orden de la Compañía de María Nuestra Señora
- Religiosas de María Inmaculada
- Siervas de Jesús
- Masculinas
- Compañía de Jesús (Jesuitas)
- Congregación de Jesús y Maria (Eudistas)
- Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (Claretianos)
- Congregación del Santísimo Redentor (Redentoristas)
- Diocesanos
- Hermanos de las Escuelas Cristianas (Lasallista)
- Hermanos del Sagrado Corazón (Corazonistas)
- Misioneros Vicentinos de Colombia
- Orden de Agustinos Recoletos
- Orden de Clérigos Regulares Ministros de los Enfermos
- Orden de Frailes Menores
- Orden de los Hermanos Menores Capuchinos
- Orden de Predicadores (Dominicos)
- Salesianos de Don Bosco
- Femeninas
- Galería de fotos
- Vídeos
LA FAMILIA CATÓLICA por Monseñor Tihamér Tóth
10 razones para amar y honrar a la Virgen María
10 razones para crecer en el amor a la Madre de
Dios, porque mientras más se recurra a ella, más podrá ayudar al ser humano en
su camino al cielo
La Virgen María estuvo presente en la encarnación, nacimiento, primer milagro, pasión y muerte de Jesucristo, recibió con los apóstoles al Espíritu Santo en Pentecostés, y hoy sigue participando de la historia de la salvación llevando a todos los fieles a su Hijo.
El National Catholic Register propone 10 razones para crecer en el amor a la Madre de Dios, porque mientras más se recurra a ella, más podrá ayudar al ser humano en su camino al cielo.
1. Amar a María es agradable a Dios
No se puede superar a Dios. Nadie ha amado y honrado a María más de lo que Dios lo hizo. Dios Padre la eligió para ser la Madre de su Hijo único; ella es la esposa del Espíritu Santo y la madre del Hijo unigénito de Dios.
2. Es ejemplo de humildad
“Como la más humilde sierva del Señor que está ‘llena de gracia’ María era el instrumento perfecto de Dios, porque ella no era otra cosa que su instrumento”, dijo el escritor católico y místico, Thomas Merton.
3. Es una manera de imitar a Jesús
Jesús sigue el Cuarto Mandamiento y honra a su madre. Por lo tanto, todo hijo de Dios debe hacer lo mismo.
4. Es una forma de imitar a los santos
No hay santo que no amara ni honrara a María. Muchos de ellos raramente no tenían un Rosario a la mano.
5. María es la intercesora por excelencia
Jesús realizó su primer milagro público porque su madre intercedió. Cristo dijo que todavía no era su hora, pero su Madre le pidió ayuda. La Biblia es clara: María influye en su Hijo.
6. Es bíblico incluir a María
La Santísima Madre fue parte de la encarnación, nacimiento, primer milagro, pasión y muerte de Jesús y recibió al Espíritu Santo junto a los apóstoles. Se cree que estuvo presente durante la Ascensión de Nuestro Señor. Jesús y María van juntos.
7. Es histórico
Durante los tiempos del Antiguo Testamento, era a la Reina, la madre del rey en aquellos días, a quien la gente acudía con sus peticiones. La mejor oportunidad de obtener una buena respuesta del rey era la petición de su madre. Así fue como se hizo durante el tiempo del Rey David, y Jesús desciende de la Casa de David.
8. Dios continúa dándonos a su madre
Una multitud de apariciones marianas aprobadas por la Iglesia muestra que Dios continúa enviando a su madre para que nos ayude. Por ejemplo, en Fátima, hace 100 años, el 13 de octubre, hubo 70.000 personas que presenciaron el denominado “Milagro del sol”, en el que la Virgen María se aparece a los pastorcitos Jacinta, Francisco y Lucía. Su mensaje para nosotros es orar y hacer reparación por los pecados de los hombres.
9. El Rosario es un arma poderosa
El Padre Pío y muchos santos lo llamaron un arma contra el mal y lo rezaron continuamente. Hay muchas historias de milagros documentadas e historias personales atribuidas al rezo del Rosario.
10. María es justa
Nadie podría argumentar que ella no es la más justa, por ello, la Biblia da fe del poder de sus oraciones.
“La oración del justo tiene gran poder en su efecto” (Santiago 5:16) y “Dios oirá las oraciones de los justos” (Prov. 15:20).
www.catholic.net
Hoy en muchos países se conmemora a “la Cruz de mayo”
El 3 de mayo, en muchos países del mundo se conmemora “la Cruz de mayo”. Esta tradición popular tiene sus orígenes desde tiempos antiguos en Jerusalén y se sigue festejando en varios pueblos de habla hispana.
La también llamada “Fiesta de las cruces” se celebra en ciudades de España, Chile, Ecuador, El Salvador, Guatemala, México, Paraguay, Perú, Trinidad y Tobago, Argentina, Colombia y Venezuela. En muchos de estos lugares adornan las cruces con coloridas flores, se realizan procesiones, bailes o se venera el madero en los cerros o lugares visibles para toda la población.
Según la tradición, el siglo IV el pagano Constantino tenía que enfrentar una terrible batalla contra el perseguidor Majencio. La noche anterior al suceso tuvo un sueño en la que vio una cruz luminosa en los aires y escuchó una voz que le dijo: "Con este signo vencerás".
Al empezar la batalla mandó colocar la cruz en varias banderas de los batallones y exclamó: "Confío en Cristo en quien cree mi madre Elena". La victoria fue total, Constantino llegó a ser emperador y dio libertad a los cristianos.
Santa Elena, madre del emperador, pidió permiso a su hijo y fue a Jerusalén a buscar la Santa Cruz en la que Cristo murió. Después de muchas excavaciones encontró tres cruces y no sabían cómo distinguir cuál era del Señor.
Es así que llevaron a una mujer agonizante, quien al tocar la primera cruz se agravó más con su enfermedad. En la segunda cruz, la enferma se mantuvo igual, pero al tocar el tercer madero, recuperó la salud.
Santa Elena, junto al Obispo y los fieles, llevaron esta cruz en procesión por las calles de Jerusalén. En el camino había una mujer viuda que llevaba a enterrar a su hijo, por lo que acercaron la Cruz al fallecido y éste resucitó.
Por varios siglos se ha celebrado en Jerusalén y muchos pueblos del mundo el 3 de mayo como la fiesta de la invención o hallazgo de la Santa Cruz. En toda la Iglesia Católica la celebración litúrgica de la Exaltación de la Santa Cruz se festeja el 14 de septiembre.
Fuente: www.aciprensa.com
Qué disposición se debe tener, y cómo se debe orar cuando se desea obtener alguna cosa - por Tomás de Kempis
Ponte de rodillas delante de Cristo crucificado
Viernes Santo. Cristo abraza el dolor redentor en la cruz para salvarnos a nosotros.
Reflexionemos en Cristo en la cruz, en el
crucifijo en el cual nosotros acabamos aprendiendo a Cristo, acabamos
reconociendo a Cristo. ¿Qué es lo que vemos cuando miramos el crucifijo?
La cruz de Cristo en el Calvario es el testimonio de la fuerza del mal
contra el mismo Hijo de Dios; es el poder del mal que en estos momentos
parece no tener freno. Incluso Aquél que había vencido al mal, en sus
diversos medios de presentarse en la historia del hombre, en el pecado,
en el dolor, en la muerte, ahora se ve totalmente a disposición del mal.
La cruz que se levanta sobre la tierra, la cruz que se eleva sobre todos
los hombres, que le hace ser Redentor, es al mismo tiempo la más clara
manifestación del poder del mal sobre Cristo, es la más clara muestra de
que Cristo está dejado por Dios para que todo el mal que sufre el
hombre se clave en Él. Sin embargo, Cristo es inocente.
Él es el único, entre los hombres de toda la historia, libre de pecado,
incluso de la desobediencia de Adán y del pecado original.
Es en Cristo, —en quien no conocía el pecado—, donde el pecado se hace,
al menos aparentemente, señor de su vida. Es la obediencia de Cristo
hasta la muerte, y muerte de cruz, la que va a hacer posible que las
cadenas del pecado sean vencidas a partir de este momento por todo
hombre que se una a la cruz del Salvador.
Sin embargo, si miramos en el corazón de Cristo, ¡con cuánto dolor
sufriría el verse hecho pecado!, ¡cuánta repugnancia moral sentiría al
verse reducido, no sólo a la condición de pecador, sino de maldito por
la ley! “Maldito el hombre que cuelga de un madero”, decía la ley de
Moisés.
¡Con cuánto amor habrá tenido que arder el corazón del Señor para ser
capaz de vencer la repugnancia del pecado! Es esto lo que vemos: vemos a
Jesús crucificado, vemos a Jesús insultado, vemos a Jesús que grita en
la cruz: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” Los
esbirros se acercan a la cruz, toman las palabras de Cristo como una
burla. Unos le dicen que llaman a Elías, otros le empapan una esponja en
vinagre y le dan de beber, y algunos, en el último chiste macabro, le
dicen: “Deja, vamos a ver si viene Elías a salvarlo”.
“Pero Jesús, dando un fuerte grito, exhaló el espíritu. En esto, el velo del Santuario se rasgó en dos”.
Acababa de cumplirse en Cristo hasta la última de las profecías, y por
eso, el velo del Santuario que impedía que los fieles viesen al Santo de
los Santos, ya no tenía ningún sentido, no tenía ningún porqué, y se
rasga en dos.
¿Qué es lo que hace que Cristo llegue hasta ahí? Si hemos visto su alma
en Getsemaní y hemos visto su alma antes de salir al Calvario, ¿cuál es
esta última de las profecías, cuál es esta última de las obediencias que
Cristo tiene que sufrir? "¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?",
el salmo que recitaría nuestro Señor como última oración en el Calvario
y que podría ser para nosotros un momento de especial encuentro en el
alma de Cristo; que se va identificando con todos estos sentimientos,
que mira a sí misma y ve los ultrajes recibidos y, por otra parte, mira a
Dios y ve que Él es su Creador, su Señor, en su alma humana, en su
naturaleza humana. Al mismo tiempo, Cristo se ve a sí mismo y se da
cuenta de que no puede desconfiar de Dios y, sin embargo, está sufriendo
la más tremenda de las obscuridades, la más tremenda de las noches del
alma, cuando Dios mismo se aparta del alma de Cristo en un misterio
insondable, en un misterio irreconocible, en un misterio ante el cual
nosotros solamente podemos caer de rodillas y decir: “Creo, Señor, te
adoro y te pido perdón, porque todo esa obscuridad, esa noche, la has
querido pasar por mí.”
Y como quien no quisiera tocar la herida dolorosa de su Señor,
pongámonos simplemente de rodillas delante de Cristo crucificado y
pidámosle perdón, porque por nosotros, Él tuvo que llegar a sufrir
incluso el despojo absoluto de su Padre.
Si nosotros llegásemos hasta ese encuentro, veríamos cómo Cristo nuestro
Señor tiene que sufrir en su alma el sentimiento de la más tremenda de
las injusticias: la ignominia de la muerte, que es la suma debilidad del
ser humano al ver cómo su cuerpo se deshace por medio de la muerte.
¡Qué duro es ver morir a un ser querido, qué duro debe ser esa
impotencia de Cristo, sin otro camino que el de la aceptación! Sólo
cuando el hombre ha hecho de la cruz la presencia de Dios en su vida,
como Cristo, su mente y su corazón es capaz de ver en la muerte un
inclinarse profundo de Dios hacia cada uno de los hombres en los
momentos más difíciles y dolorosos.
Cada vez que besamos una cruz, no besamos simplemente un instrumento de
tortura en el que han muerto miles y miles de hombres a lo largo de toda
la historia de la humanidad, besamos el signo que nuestro Señor hizo
bendito con su muerte. En la cruz de Cristo, sobre la que viene la
muerte en un torrente de impotencia y de amor, nosotros vemos el toque
del amor eterno de Dios sobre las heridas del pecado, que son las que de
verdad causan el dolor de la experiencia terrena del hombre. El alma de
Cristo, imponente ante la muerte que ve venir, sabe que es el toque de
amor eterno de Dios sobre la obscuridad de su debilidad como hombre, y
de nuestras debilidades.
Pongámonos nosotros a los pies de la cruz, y dentro de nuestro corazón recitemos ese canto del siervo de Yahvé: “Despreciado
y deshecho de hombre, varón de dolores, sabedor de dolencias como ante
quien se oculta el rostro despreciable y no le tuvimos en cuenta. Eran
nuestras dolencias las que Él llevaba y nuestros dolores los que Él
soportaba. Nosotros le vimos, nosotros le tuvimos por azotado, herido de
Dios y humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, herido por
nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz y con sus
cardenales hemos sido curados”.
En Cristo, Varón de Dolores, se encierra el dolor de la cruz; un dolor
que abraza el dolor de todos los hombres de la historia. Son nuestras
dolencias las que son llevadas; son nuestros dolores los que son
soportados; son nuestras rebeldías las que abren su carne; son nuestras
culpas las que muelen su cuerpo; son nuestros castigos, que Él soporta,
los que nos traen la paz.
Cristo se convierte así en el depositario de toda la culpa de la
humanidad. Cristo es el depositario de toda tu culpa y de toda mi culpa,
de toda tu vida y de toda mi vida. Veamos a Cristo cargado con nuestros
pecados, atrevámonos a decirle: “¿Te acuerdas de este pecado mío? Es
tuyo. ¿Te acuerdas de esta otra infidelidad, te acuerdas de esta otra
ingratitud? Te la llevas en tus hombros. Todos nosotros, como ovejas,
erramos; cada uno marchó por su camino, y Yahvé descargó sobre Él la
culpa de todos nosotros
Cristo abraza el dolor redentor en la cruz. Entre malhechores, entre
insultos, entre esbirros que se burlan, va cumpliendo, una detrás de
otra, las profecías que lo presentan como un cordero llevado al
degüello, como oveja que, ante los que la trasquilan, está muda. Tampoco
Él abrió la boca. Es el dolor redentor que pasa por la opresión, por la
humillación, por el ser lavado, por el silencio...
“Tras arresto y juicio fue arrebatado de sus contemporáneos; quien
se preocupa fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías
de su pueblo fue herido.” Personalicemos esto y démonos cuenta de
que no es un juego que se repite toda la Semana Santa para que el pueblo
cristiano tenga algo de que dolerse y algo de que arrepentirse; es una
vida humana la que cargó sobre sí todos mis pecados. Una vida que fue
considerada impía, maldita, alejada de Dios aun en su muerte. Pero Él
era inocente. Su fecundidad proviene precisamente de su don.
Si nosotros nos atrevemos a ver esto así, atrevámonos también a hacer
con Cristo un acto de oblación personal, a ofrecernos junto con Cristo
en el misterio de la cruz, a ofrecernos junto con Cristo como el único
sentido que tiene nuestra vida cristiana.
¿Cómo se puede ser feliz? ¿Cómo se puede perseverar y ser auténtico
cuando mira uno a Cristo en la cruz? Solamente hay un camino: siendo
corredentor con Cristo en la cruz, estando siempre clavados en esa cruz.
Y, cuando vengan los problemas, piensen que ustedes quisieron ser de
Cristo, crucificados con Cristo, salvadores de los hombres. Siempre que
busquemos otra cosa en nuestra vida, vamos por un camino equivocado,
vamos fuera del plan de Dios.
“En la vida de un cristiano, la luz tiene que estar presente y tiene que
doblegarnos bajo su peso. No penséis nunca en una vida fácil, lejos del
sufrimiento y del sacrificio. La vida terrena es para luchar, para caer
en el polvo mil veces y levantarse otras mil veces, es una vida para
ser humillados por amor a Cristo. No soñéis con vidas sin cruces. Porque
la cruz es un instrumento connatural a la vida del hombre y en especial
para aquellos que, por vocación hemos aceptado seguir a Cristo por los
caminos del Calvario.
Ahora bien, llevad esa cruz con alegría, con el amor con que se ama a
Cristo. Llevad esa cruz con optimismo, con el optimismo del cristiano,
que por la fe conoce la trascendencia de su vida de frente a la
eternidad. Llevad esa cruz y ayudar a otros a llevarla como buenos
samaritanos”.
La muerte de Cristo en la cruz se convierte para nosotros en redención. Y
si es un momento de profundo dolor, de negra pena, es al mismo tiempo,
un momento de profunda liberación. Mi alma ante ese Cristo crucificado
tiene que echarse hacia atrás, mi alma tiene que empujar, tiene que
tomar su condición de apóstol, consciente de que a partir de ahora, el
Señor crucificado vive en mí, que a partir de ahora el Señor redentor
redime con mis palabras, redime con mi corazón, redime con mi celo
apostólico, redime con mi ilusión de traer almas para Cristo, redime con
mi obediencia, redime por vivir con delicadeza mi vocación.
Así es como Cristo muere este Viernes Santo en la cruz. No es repitiendo
de nuevo su sacrificio que nosotros simplemente vamos a conmemorar. Es,
sobre todo, haciendo que nosotros nos abracemos con más claridad y con
más fuerza a este sacrificio redentor, hecho garantía, hecho amor, hecho
corazón dispuesto a servir a los hombres.
Por: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net




