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¿Cristo ha resucitado? Entonces, nosotros también resucitaremos



Cristo ha resucitado? Entonces, nosotros también resucitaremos, porque estamos unidos a Él en un mismo cuerpo, como los miembros con la cabeza.

Cuando estudiamos el Catecismo, ¿por qué lección empezamos? Seguramente, que no comenzamos nunca por la primera de todas, sino que llegamos a ella después de muchos días. Lo cual es un error, desde luego. ¿Cuál es la lección primera? Sin discurrir un momento, digamos que es la Resurrección de Jesús. Eso que decimos en el Credo: y al tercer día resucitó de entre los muertos, es lo primero de todo.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos lo recuerda hoy al afirmar que la resurrección constituye la confirmación de todo lo que Jesucristo hizo y enseñó. Con estas palabras no hace sino repetirnos lo del apóstol San Pablo: - Si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación, es inútil vuestra fe.

Una vez más que volvemos sobre este misterio, fundamento de todo lo que creemos y esperamos y amamos, porque no vamos a amar a un muerto que nos habría engañado.

Si se cree en la Resurrección, hay que admitir todo el Evangelio y hay que darse a Jesucristo.

Si no se cree en la Resurrección es inútil insistir en ninguna otra verdad.

Los cristianos de la Iglesia Oriental de Europa, sobre todo en Rusia, celebran la Resurrección de una manera espléndida. Durante todo el sábado, el día se pasa triste, muy triste. En el templo aparece sólo el sepulcro sellado, con Jesucristo muerto dentro de la roca. Pero al anochecer, las calles empiezan a iluminarse con el esplendor de antorchas y más antorchas que se dirigen hacia la iglesia. Al llegar la nutrida procesión, se abre la puerta y aparece el sacerdote vestido de blanco, con un manto flotante, lujoso, lleno de gracia y majestad. En su mano, el crucifijo que levanta en alto, mientras canta jubiloso por tres veces:

-¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo ha resucitado!...

La multitud responde con gritos a cada proclama: 


-¡En verdad que ha resucitado! ¡En verdad que ha resucitado! ¡En verdad que ha resucitado!...

Entran todos en el templo, espléndidamente iluminado, como quien entra en la gloria. Y llega un momento en que el coro invita a todos cantando:

- Abracémonos unos a otros, llamémonos hermanos, perdonemos a los que nos odian y cantemos todos juntos: ¡Cristo ha resucitado de entre los muertos!

En este momento estalla el júbilo incontenible. Todos se besan y abrazan, ricos y pobres, grandes y pequeños. El que da el beso saluda:

- ¡Cristo ha resucitado!

Y responde el que lo recibe:

- ¡Sí, Cristo ha resucitado!

No acaba aquí este grito de triunfo. Durante los días pascuales seguirá en la vida como normal este saludo, al encontrarse dos personas - ¡Cristo ha resucitado! - ¡Sí, Cristo ha resucitado!

Así se celebraba la Resurrección en Rusia, y Dios quiera que se haya renovado para no suprimirse ya nunca. Bella la función. Pero, sobre todo, profunda en su significado, porque resume todo lo que es nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor.

Sin el amor a Jesucristo no se explica este gozo.
Sin esperanza de tener esta misma gloria del Señor, tampoco se comprende esta alegría.
Sin fe en todo lo que creemos, resulta ininteligible tal celebración.

La celebración pascual se convierte entonces en una vivencia extraordinaria de esas tres virtudes --la fe, la esperanza, la caridad-- que impulsan y activan todo el organismo sobrenatural de la vida cristiana.

Nosotros, siguiendo el Catecismo de la Iglesia Católica, sacamos todas las consecuencias. Nuestra vida entera es un vivir según Jesucristo Resucitado. Esto, cada día, siempre. El domingo, en especial, renovamos con la Eucaristía la celebración pascual. Porque sentimos, experimentamos y vivimos todo el misterio de nuestra fe. Esto es de cada día, y no hace falta estar en tiempo pascual para recordarlo y vivirlo.

¿Cristo resucitó, venciendo la muerte y todas las fuerzas de la naturaleza? Entonces, Jesucristo está sobre todo lo creado. Jesucristo es Dios.

¿Cristo resucitó, cumpliendo su palabra? Entonces, le creemos a pie juntillas. Era lo que Él decía. Era el Salvador.

¿Cristo resucitó? Entonces, hemos quedado santificados y salvados, porque ha podido mandarnos desde el seno de Dios el Espíritu Santo.
¿Cristo ha resucitado? Entonces, somos con Él hijos de Dios, porque nos ha metido en su misma vida.
¿Cristo ha resucitado? Entonces, nosotros también resucitaremos, porque estamos unidos a Él en un mismo cuerpo, como los miembros con la cabeza.
¿Cristo ha resucitado? Entonces, nuestra vida está escondida con Cristo en Dios, y llevamos ya en la tierra la vida del Cielo.

¿Seguimos con las preguntas? Haríamos una lista interminable. Pero, vamos a la última, que es muy sencilla de hacer, y ojalá sepamos responderla todos: -¿Sabemos bien la primera lección del Catecismo?...


Por: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net

El miércoles santo. La verdad de Judas


La Pasión de Jesús. El miércoles Jesús no acudió al Templo. Permaneció en Betania en una vigilia de oración.

El miércoles santo Jesús no acudió al Templo. Permaneció en Betania en una vigilia de oración. Todo lo que había de decir, lo ha dicho. La revelación de su identidad es clara. La denuncia del pecado también. Las posiciones de los importantes también están definidas.

Cristo les dice: "Sabéis que de aquí a dos días será la Pascua, y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado"(Mt). Hay presciencia en Jesús. Sabe lo que va suceder, sabe el día y la hora. No le será ahorrado el desconocimiento previo, o la esperanza de que el dolor va ser menor. Lo sabe todo. Es consciente de que los clavos van a atravesar su carne, sabe que su cuerpo va ser flagelado, escupido, deshonrado y, por fin, llegará una muerte cruel. Lo sabe, y no huye, porque esa afrenta va a ser convertida en un sacrificio en el que Él va a ser sacerdote y víctima. Va a pedir al Padre el perdón para todos, pero lo va a pedir pagando el precio de justicia de todos los pecados. Va ser un verdadero sacrificio expiatorio, como lo simbolizaba el animal que soltaban los sacerdotes que llevaba sobre sí los pecados del pueblo. Pero ahora no va ser un símbolo, sino una realidad. El peso de todos nuestros pecados va a caer sobre Él. Jesús va a ser el inocente que paga por los pecados de aquellos a quienes ama. De esta manera se manifiesta una misericordia que tiene en cuenta la justicia.

Ya había sido profetizado mucho sobre el siervo de Yavé que padecerá para librar al pueblo de sus pecados. Se cumplirá todo hasta el mínimo detalle. El amor no es sólo la satisfacción por el gozo con la persona amada. Es también querer tanto al otro -en este caso todos los hombres- que se busca librarlos de todo mal, se busca liberarlos de las garras del diablo, de las redes del pecado, de la muerte primera, y de la muerte segunda que es el infierno. Ese amor le lleva a no poder soportar que se pierda ninguno. Que todo el que quiera salvarse lo pueda hacer. Por eso no rechaza el sacrificio. Se puede decir que lo ama, aunque el corazón tiemble y la carne se resista. Pero la voluntad es firme. Y el miércoles santo es un día de oración intensa y sin descanso, rodeado del cariño de los suyos, aunque no todos, pues Judas le odia.

La reunión del sanedrín
Aquel día se reunieron las tres clases del sanedrín: los príncipes de los sacerdotes, los escribas, y los ancianos notables. Preside el Sumo sacerdote Caifás. No es una reunión oficial, pero están casi todos. Los acontecimientos del día anterior hacen que lo ya decidido se ponga por obra. Ya habían decidido matarle antes; pero nada han conseguido. Ahora les mueve la furia de hacerlo cuanto antes, pero con astucia, con una frialdad y un odio que encuentran su motor en el mismo Satanás. Son implacables "Entonces se reunieron los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo en el palacio del Sumo Sacerdote, llamado Caifás, y acordaron apoderarse con engaño de Jesús y hacerle morir. Pero decían: No sea en la fiesta, para que no se produzca alboroto entre el pueblo"(Mt). Las deliberaciones fueron duras. Hablan más los que más le odian, es decir, los que tienen una mayor pecado según las denuncias públicas y privadas de Jesús. No pueden esperar, pero no quieren alboroto. Saben que los partidarios de Jesús son muchos. Saben que en una situación de guerra civil, los romanos intervendrían y liberarían a Jesús, pues su conducta es intachable y nada enemigo de ellos. Por otra parte quieren comprometer a los romanos para que ellos sean responsables de la muerte de Cristo ante el pueblo. Deben calcular las cosas hasta el mínimo detalle. No pueden fallar. Alguno habla de Judas que ya ha entrado en tratos, pero poco saben de él.

La traición de Judas
"Se acercaba la fiesta de los Azimos, que se llama Pascua, y los príncipes de los sacerdotes y los escribas buscaban cómo acabar con él, pero temían al pueblo. Entró Satanás en Judas, llamado Iscariote, uno de los doce. Fue y habló con los príncipes de los sacerdotes y los magistrados sobre el modo de entregárselo"(Lc).

Satanás se aprovecha
Satanás sólo entra si se le deja entrar. Puede tentar y tienta como lo hizo con Jesús y lo hace con todos. Pero para entrar necesita una puerta abierta. Satanás es soberbio, pero es lúcidamente inteligente. Conoce las debilidades de los hombres y las prueba. Odia a Dios, y sabe que el mayor daño que le puede hacer es destruir a los hombres. Conoce la debilidad de Judas, su amor por el dinero, y lo que el dinero lleva consigo. Ha seguido su comportamiento a lo largo de los tres años. Ha podido observar sus trampas. Y sobre todo su resentimiento por no entender el modo como Jesús lleva las cosas adelante. Judas no puede entender un amor tan grande que le lleve a la pobreza, a decir las verdades a los poderosos, contra las juiciosas políticas de los hábiles. Su vida de fraternidad es difícil con los demás, pues ellos han dejado todo para seguir a Jesús, y les ve decididos a hacer lo que les pida, por loco que parezca. Las peleas y los reproches no faltan. No en vano ellos no tienen tanta paciencia como Jesús, que siempre le disculpa y le apoya. La misma paciencia y el amor de Jesús le llenan de odio, pues son un reproche cuando él ya no quiere saber nada de ese reinado que no parece de este mundo.

Judas se decide
Entonces Judas Iscariote "fue donde los príncipes de los sacerdotes, y dijo: ¿Qué me queréis dar a cambio de que os lo entregue? Ellos le ofrecieron treinta monedas de plata. Desde entonces buscaba una oportunidad para entregarlo"(Mt)

La verdad de Judas
El precio había sido profetizado. Es muy posible que ellos, o alguno de ellos, se acordase de la profecía con burla y cinismo. Es muy posible que, en su astucia, la utilizasen para acallar la conciencia de Judas diciéndole que si verdaderamente Jesús era el Mesías se aclararía todo, pues se manifestaría con poder. Era un engaño, pero cuando se peca, cualquier excusa puede servir de justificación. El hecho es que él era traidor de quien más le había querido, del Mesías, del Amigo, del Hijo de Dios Altísimo. Esa es la verdad de Judas. Estaba cometiendo el peor de los pecados con una lucidez que la compañía con Jesús agravaría por minutos.

Las treinta monedas de plata
La cantidad de treinta siclos de plata era también el precio del daño por un esclavo que hubiese sido muerto por un animal. Era el precio de un pequeño campo. Era el precio de un cordero pascual. Simbolizaba, sin quererlo, a Jesús que se entrega como un esclavo de amor, del cordero pascual que libera de la muerte a los primogénitos. Para Judas era sólo el símbolo del poder que alcanzaría cuando venciesen sus nuevos amigos frente al. Poco sabía cuál iba a ser la paga de los traidores, pues lo que es lucidez para la traición es oscuridad para el propio conocimiento.

Ignoran el juicio de Dios
Los reunidos en el Sanedrín se alegraron. Judas hierve de actividad. Se separan, preparando todo para el desenlace inminente, aunque un cierto temor de que Jesús se escapase de nuevo de sus manos les deja intranquilos, pues lo ha hecho muchas veces. Menos les intranquilizaba lo más importante: el juicio de Dios.

 Por: P. Enrique Cases | Fuente: Catholic.net

La vida espiritual: cuidándola como la primera vez



Tips para mejorar en tu vida espiritual

¿Cuántas veces hemos anhelado algo? Un nuevo par de zapatos, un celular, un videojuego… pon algo que tú has querido mucho. Cualquier cosa o meta que hayas tenido que esforzarte por de verdad alcanzarla.

¡Qué lindo cuando uno logra tener eso por lo que luchó! Qué bonito cuando sé que lo tengo porque me lo propuse y trabajé por eso.

Pero llega un momento cuando ese anhelo se convierte en algo pasajero que caduca. Ya después del tiempo, no lo veo o no lo siento tan preciado como antes. Ya no le doy ese valor que antes representaba. Ya con el uso se volvió normal y ordinario.

Creo que ese fenómeno muchas veces nos ha pasado con nuestra vida espiritual y compromisos. Después de tener una de esas experiencias de vida transformadora, que nos tocan a la puerta y nos hacen sentirnos de la mejor manera y con ganas de decirle a todo el mundo lo gratificante que es, de repente algo cambia y pasa de extraordinario a ordinario.

Cuidado con la rutina, eso ordinario

En la vida espiritual, normalmente comenzamos un camino de crecimiento y de aprendizaje y, como todo es nuevo, vamos avanzando poco a poco y mejoramos. Vamos puliendo y vamos creciendo en todos los aspectos. Pero llegamos al punto donde decimos: “ya llegué a este nivel y aquí me voy a quedar un tiempo más”. Probablemente no lo hago conscientemente, pero sí lo hacemos.

Esto conlleva a un conformismo de alto nivel, porque ya no le estoy dando el verdadero valor; porque se me hizo un hábito o algo normal.. Fui capaz de lograrlo y llegar a ese punto, pero fui incapaz de mantenerlo constante.
Es ahora cuando debo preguntarme ¿qué pasó? ¿qué fue lo que me estancó y evitó que yo siguiera dándole la importancia a mi vida espiritual como aquella primera vez? Pudo haber sido una mala decisión, una mala influencia, pero muchas veces es lo cotidiano y la rutina lo que hace que yo me olvide de estar en sintonía con lo espiritual.
Por eso hay varias cosas que podemos hacer para evitar que lo cotidiano se haga costumbre y evitemos una pausa en ese crecimiento, vital, de nuestra vida espiritual.
 
San Francisco, ejemplo a seguir

San Francisco de Asís fue un santo que desde los 20 años inició su vida apostólica (su día es el 4 de Octubre). Un joven normal, que desde esa edad fue un soldado de Cristo; dispuesto a darse a los demás, incluso, abandonó toda su riqueza para alcanzar su objetivo de recuperar los valores de Jesucristo.

Te dejo algunos tips o preguntas que puedes hacerte para mejorar en tu vida espiritual:
Así como lo hizo San Francisco, ¿de qué puedo despojarme yo?
¿Qué sacrificio puedo hacer para vivir una  mayor humildad?
Busca la meditación diaria del Evangelio; porque en él encontraremos respuesta sobre la voluntad de Dios en nuestras vidas.
Reza el rosario o una decena del mismo diariamente.

Que en nuestra vida espiritual siempre sea como la primera vez, que ese fuego abrazador que brota de nuestro corazón no se apague.

No nos quedemos en pausa, pensando que no valdrá la pena o que no servirá. Este es un camino que cuesta y es duro, pero que de verdad vale la pena.

Por: Fabián Ortiz | Fuente: Catholic.net