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Adviento¡ Aprovechemos! ¡No perdamos esta hermosa y bella oportunidad!

El tiempo de adviento puede compararse a un arquero, a un niño que está disparando flechas de amor al corazón. Siendo este un tiempo litúrgico especialmente y bellamente romántico vale esta imagen clásica del amor. Todo el tiempo de adviento nos dice una cosa: ¡Cristo viene! ¡Ésta es la flecha de amor!: ¡Cristo viene! Cada día, la sagrada liturgia, con su modo de hacer suave y elegante, nos clava esta flecha. ¡Cada día nos la clava! Nos la clava insistentemente, como el murmullo y el susurro de la tórtola. ¡Y, así, durante casi todo un mes! ¡Viene el Amor de los Amores, viene el buen Jesús, viene el amor! Es una flecha de amor, una dulce descarga eléctrica, a fin de que nuestros corazones se vuelvan vibrantes, deseosos, alegres: ¡Ven Señor Jesús! ¡Casi todo un mes favoreciendo de modo muy especial tales deseos! Una flecha de amor que nos ha de llevar a hacer espacio a Cristo en nosotros, a acogerle con el cariño y con el amor de una madre, con nuestro abrazo afectuoso. Cristo quiere ser acogido como un niño.

Que Cristo nazca y crezca en nuestros corazones, que participemos de la maternidad divina de la Santísima Virgen. Que esta realidad bellísima, muy deseable, encantadora, fantástica, maravillosa, resplandeciente, sea nuestra Navidad.

Las tórtolas al hacer el nido eliminan los tronquitos que ven que no se ajustan bien por su tamaño, deficiente elasticidad, poca consistencia, etc. Se quedan sólo con las ramitas que se adaptan bien al nido que se afanan en construir. También nosotros al hacer una cuna a Jesús, al construirle un piadoso nido, hemos de quitar aquello que en nuestro corazón no va bien, hemos de convertirnos, hemos de purificarnos, para que allí se encuentre a gusto. Es la lógica del amor la que nos lleva a purificarnos, a arreglarnos, a adornarnos, en el sacramento de la confesión. Nos confesamos, simple y llanamente, porque nos da la real gana, porque le queremos. Nos confesamos porque queremos adornarle y arreglarle una casita a Jesús, nuestro corazón.

Al mismo tiempo, hay una reciprocidad de afectos y de amistad, pues el amor de Cristo, su amor misericordioso, precioso, se vierte muy especialmente en nuestros corazones por el sacramento del perdón, el sacramento de la misericordia. ¡Aprovechemos! ¡No perdamos esta hermosa y bella oportunidad! ¡Dejémonos amar por Cristo, por el Amor de los Amores, por amor tan excelente que sólo él merece el nombre de amor! ¡Dejemos que el afecto de Cristo venga de una manera muy especial sobre nosotros, tal y como Cristo hace en el sacramento de la confesión! ¡Dejémonos mimar por Él!

Que aquella que Dios más ha querido, la Virgen Santísima, aquella en la que los ángeles tanto admiran el amor de Dios, nos ayude a entrar en esta lógica del amor, en este amar y dejarse amar por Cristo, en esta lógica preciosísima del Adviento y de la Navidad, en este purificar nuestra alma en el sacramento del amor misericordioso, y en este recibir fervorosamente a Cristo resplandeciente en la Sagrada Eucaristía, sacramento de amor.

 Por: José María Montiu | Fuente: Catholic.net

7 datos interesantes sobre la Inmaculada Concepción

 

El 8 de diciembre la Iglesia celebra la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, doctrina de origen apostólico que fue proclamada dogma por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854 con la bula Ineffabilis Deus.

A continuación, te presentamos siete datos para entender mejor este dogma:

1. ¿A quién se refiere la Inmaculada Concepción?

La Inmaculada Concepción hace referencia a la manera especial en que fue concebida María. Esta concepción no fue virginal ya que ella tuvo un padre y una madre humanos, pero fue especial y única de otra manera.

2. ¿Qué es la Inmaculada Concepción?

El Catecismo de la Iglesia Católica describe que:

“Para ser la Madre del Salvador, María fue ‘dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante’. El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como ‘llena de gracia’. En efecto, para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente conducida por la gracia de Dios” (490).

“A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María ‘llena de gracia’ por Dios (Lc. 1, 28) había sido redimida desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX:

‘... la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda la mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano’” (491).

3. ¿Esto significa que María nunca pecó?

Sí. Debido a la forma de redención que se aplicó a María en el momento de su concepción, ella no solo fue protegida del pecado original, sino también del pecado personal. 

El catecismo lo explica en el número 493 que los padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios "la Toda Santa" (Panaghia), la celebran "como inmune de toda mancha de pecado y como plasmada y hecha una nueva criatura por el Espíritu Santo". Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.

4. Entonces, ¿María necesitaba que Jesús muriera por ella en la Cruz?

No. María fue concebida inmaculadamente como parte de su ser “llena de gracia” y así “redimida desde el momento de su concepción” por “una singular gracia y privilegio de Dios Todopoderoso y por virtud de los méritos de Jesucristo, salvador de la raza humana”. 

Tal como lo explica el catecismo en el número 492, esta "resplandeciente santidad del todo singular" de la que ella fue "enriquecida desde el primer instante de su concepción", le viene toda entera de Cristo: ella es "redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo". El Padre la ha "bendecido [...] con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo" más que a ninguna otra persona creada. Él la ha "elegido en él antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor".

En el número 508 el catecismo describe: “De la descendencia de Eva, Dios eligió a la Virgen María para ser la Madre de su Hijo. Ella, ‘llena de gracia’, es ‘el fruto más excelente de la redención’; desde el primer instante de su concepción, fue totalmente preservada de la mancha del pecado original y permaneció pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida".

5. ¿Se puede hacer un paralelo entre María y Eva?

Adán y Eva fueron creados inmaculados, sin pecado original o su mancha. Ambos cayeron en desgracia y a través de ellos la humanidad estaba destinada a pecar.

Cristo y María fueron también concebidos inmaculados. Ambos permanecieron fieles y a través de ellos la humanidad fue redimida del pecado.

Jesús es por tanto el nuevo Adán y María la nueva Eva.

El catecismo señala en el número 494 que “Ella, en efecto, como dice San Ireneo, ‘por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el género humano’. Por eso, no pocos padres antiguos, en su predicación, coincidieron con él en afirmar ‘el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen María por su fe’. Comparándola con Eva, llaman a María ‘Madre de los vivientes’ y afirman con mayor frecuencia: ‘la muerte vino por Eva, la vida por María’”.

6. ¿Cómo se hace María un ícono de nuestro destino?

Aquellos que mueren en la amistad con Dios y así para ir al Cielo serán liberados de todo pecado y mancha de pecado. Seremos así todos vueltos “inmaculados” (Latin, immaculatus = "intachable") si permanecemos fieles a Dios.

Incluso en esta vida, Dios nos purifica y prepara en santidad y, si morimos en su amistad pero imperfectamente purificados, Él nos purificará en el purgatorio y nos volverá inmaculados. Al dar a María esta gracia desde el primer momento de su concepción, Dios nos muestra una imagen de nuestro propio destino. Él nos muestra que esto es posible para los seres humanos a través de su gracia. 

En palabras de San Juan Pablo II, podemos decir que “María, al lado de su Hijo, es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos. La Iglesia debe mirar hacia ella, Madre y Modelo, para comprender en su integridad el sentido de su misión”.

“Fijemos, por tanto, nuestra mirada en María, icono de la Iglesia peregrina en el desierto de la historia, pero orientada a la meta gloriosa de la Jerusalén celestial, donde resplandecerá como Esposa del Cordero, Cristo Señor”.

7. ¿Era necesario para Dios que María fuera inmaculada en su concepción para que pudiera ser Madre de Jesús?

No. La Iglesia sólo habla de la Inmaculada Concepción como algo que era "apropiado", algo que hizo de María una "morada apropiada" (es decir, una vivienda adecuada) para el Hijo de Dios, no algo que era necesario. 

Al respecto, los padres de la Iglesia afirmaron “que la misma santísima Virgen fue por gracia limpia de toda mancha de pecado y libre de toda mácula de cuerpo, alma y entendimiento, y que siempre estuvo con Dios, y unida con Él con eterna alianza, y que nunca estuvo en las tinieblas, sino en la luz, y, de consiguiente, que fue aptísima morada para Cristo, no por disposición corporal, sino por la gracia original”, explicó el Papa Pío IX.

“Pues no caía bien que aquel objeto de elección fuese atacado, de la universal miseria, pues, diferenciándose inmensamente de los demás, participó de la naturaleza, no de la culpa; más aún, muy mucho convenía que como el unigénito tuvo Padre en el cielo, a quien los serafines ensalzan por Santísimo, tuviese también en la tierra Madre que no hubiera jamás sufrido mengua en el brillo de su santidad”.

Fuente:www.aciprensa.com 

Los hijos antes de nacer

El mundo no puede cerrar los ojos ante el drama del aborto. 

Entre las urgencias de nuestro mundo hay una que exige un esfuerzo colectivo para salvar a los más inocentes entre los seres humanos: los hijos antes de nacer.

Es cierto que existen muchas voces y organizaciones que buscan un mundo más humano y más fraterno. Entre esas voces debe vibrar, con una intensidad especial, la búsqueda de ayudas para que ningún hijo sea eliminado a través del aborto provocado.

Juan Pablo II lo vio con claridad en sus años de Papa. Por eso lanzó una invitación general para que hombres y mujeres de buena voluntad se movilizasen a favor de los embriones y fetos humanos.

“Es urgente una movilización general de las conciencias y un esfuerzo ético común, para poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida. Todos juntos debemos construir una nueva cultura de la vida: nueva, para que sea capaz de afrontar y resolver los problemas propios de hoy sobre la vida del hombre; nueva, para que sea asumida con una convicción más firme y activa por todos los cristianos; nueva, para que pueda suscitar un encuentro cultural serio y valiente con todos” (“Evangelium vitae”, n. 95).

Esa movilización, desde luego, también incluye la búsqueda de ayudas a los ya nacidos, a los pobres, a los hambrientos, a los enfermos, a los ancianos, a los que no tienen trabajo, a los emigrantes, a los perseguidos por gobiernos injustos, a las víctimas de todo tipo de violencia.

Pero se centra en quienes son parte de la familia humana antes del parto. En el esfuerzo por unirnos en la fraternidad humana, en el reconocimiento de que todos tenemos por Padre al mismo Dios, hace falta implementar ayudas a madres en dificultad, de forma que puedan acoger a sus hijos y abrazarlos con el cariño que merecen.

El mundo no puede cerrar los ojos ante el drama del aborto. Millones de hijos son eliminados cada año, muchos de ellos por culpa de leyes y de gobiernos que han hecho sumamente fácil suprimirlos, incluso con dinero público que debería estar destinado a proteger, no a matar.

Por eso, ante tanta indiferencia de muchos frente al drama del aborto, las voces de movimientos verdaderamente populares, porque son movimientos a favor de la vida de los seres humanos más pequeños, denunciarán el mal terrible del aborto, y difundirán esa “cultura de la vida” que supo promover con valentía San Juan Pablo II.

Sus palabras conservan, en nuestros días, una fuerza y actualidad sorprendentes:

“Hoy una gran multitud de seres humanos débiles e indefensos, como son, concretamente, los niños aún no nacidos, está siendo aplastada en su derecho fundamental a la vida. Si la Iglesia, al final del siglo pasado, no podía callar ante los abusos entonces existentes, menos aún puede callar hoy, cuando a las injusticias sociales del pasado, tristemente no superadas todavía, se añaden en tantas partes del mundo injusticias y opresiones incluso más graves, consideradas tal vez como elementos de progreso de cara a la organización de un nuevo orden mundial” (“Evangelium vitae” n. 5).

Por: P. Fernando Pascual, LC | Fuente: Catholic.net 

¡Conste que ya se lo habíamos advertido!

 

 "No encuentro otro medio más poderoso para atraer sobre nosotros el Reino de Dios, la Sabiduría, que unir a la oración vocal la oración mental, rezando el Santo Rosario y meditando sus misterios". San Luis María Griñón de Montfort.

 El Padre Pío tenía Rosarios en todas partes, bajo la almohada, en la mesilla de noche, en los bolsillos, dondequiera... Era el religioso del rosario. Consideraba el Rosario como su arma predilecta contra toda clase de enemigos. En alguna ocasión llegó a afirmar: “Quisiera que los días tuvieran 48 horas para poder redoblar los rosarios. Cuando le preguntaban por su herencia espiritual no dudaba en afirmar que era el Rosario: “¡Amad a la Virgen y hacedla amar. Recitad siempre el Rosario!”. 

  "Entre las devociones aprobadas por la Iglesia ninguna más dulce ni más eficaz que el Santísimo Rosario". San Antonio María Claret. 

  "Con el Rosario, los enfermos recobrarán la salud o no morirán sin los sacramentos". San Francisco Javier. 

  "El Rosario es la salvación de los fieles". Papa Clemente VIII. "El Rosario aplaca la justa indignación de Dios". Papa Gregorio XIV. 

  "El Rosario es una parte y forma de oración, bellísima acomodada a nuestros tiempos, fácil de practicar y muy fructuosa". Papa León XIII.

  "El Rosario invita a nuestros dedos, a nuestros labios y a nuestro corazón a entonar una gran sinfonía de súplica y oración, y por estos motivos es la plegaria más grandiosa que jamás haya compuesto el hombre. El Rosario es un sitio de encuentro de los no instruidos y de los sabios; es la escuela donde el amor sencillo se acrecienta en conocimientos y donde los sabios aumentan su amor". Monseñor Fulton J. Sheen. 

 "Si nos dieran un programa más difícil de salvación, muchas almas que se condenarán tendrían el pretexto de que no pudieron realizar dicho programa. Pero ahora el programa es brevísimo y fácil: rezar el Santo Rosario. Con el Rosario practicaremos los Santos Mandamientos, aprovecharemos la frecuencia de los Sacramentos, procuraremos cumplir perfectamente nuestros deberes de estado y hacer lo que Dios quiere de cada uno de nosotros". Sor Lucía de Fátima. 

 Rezar el Rosario es revivir con María los mayores sucesos de la Historia. Cuando lo rezamos nos dirigimos precisamente a Dios Padre que nos ha dado a su hijo Jesucristo, pero lo hacemos poniendo de intermediaria a la Virgen Madre de Dios. El Rosario es una cadena misteriosa formada con eslabones de confianza que nos une indisolublemente al corazón de la Madre de Dios y de los Hombres. Amemos a Nuestro Amado Señor Jesús recordando y meditando su vida en cada Misterio, rezando la oración que Él mismo nos enseñó con el Padre Nuestro, saludando a Nuestra Madre Bendita con cada Ave María, y Glorificando a Nuestro Dios en cada Gloria. En el Rosario se nos hacen visibles las huellas de Jesús en el mundo... hacia el Padre conduce este camino. De perla en perla, de decena en decena, recorremos nosotros los caminos de Jesús. A través de los misterios de su niñez, a través de las estaciones de su pasión redentora, podemos nosotros, con María, caminar hacia su plenitud y glorificación. Sus caminos se convierten en nuestros caminos. Unámonos en oración por Amor a Jesús.

Fuente: www.catolicidad